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El poeta Joseph Brodsky escribió que la musa siempre es un ser femenino, pues es la lengua que uno mismo habla, descubre, por la que es encantado y a la que persigue sin llegar a atrapar jamás. Prueba de ello es el hecho de que en la mayoría de los idiomas europeos la palabra lengua es femenina. Él se refiere a los poetas, pero en realidad podría aplicarse a los artistas en general. Tal vez, por eso, la serie de dibujos titulada La cama, que José Manuel Chávez presentó el viernes en la galería Mostaza, sea una variación de formas en torno a la cama vacía, el lecho abandonado por la amada o por uno mismo y por sus sueños, que busca incesantemente una figura, es decir, definir el contorno de esa ausencia para intentar atrapar lo pasajero, el momento, la sensación, como si esas líneas, bucles, ondas y valles fueran la huella de esa musa y nos revelaran algo. Pero lo que revelan no es sobre ella, sino sobre los propios trazos. Al ser forma abstraída de la figura, los dibujos hablan, más bien, del mismo proceso de surgimiento, de cómo ese instante, en el que yo y sensación comienzan a separarse en sujeto y objeto, se plasma en la superficie blanca del papel, similar al niño que comienza a distinguir entre él y el resto del mundo a través del aprendizaje por el tacto y la concepción espacial que éste conlleva. De hecho, estos dibujos tienen mucho de táctiles en aquéllos, por ejemplo, en los que se recurre al collage de papeles rugosos, afiligranados, semitransparentes, creando diversas texturas que acompañan a las ya surgidas de las formas del dibujo, así como por el montaje de éstos sobre tablillas, lo cual invita a tocar. Efectivamente, es necesario tocar en una región por la que vamos a ciegas, pues ese instante del que hablamos es el momento fundamental de nuestro estar en el mundo, a pesar de que sea uno de los menos conocidos. Aquí radica la importancia esencial de La cama.

En cuanto a los retratos, con una línea más sobria y una tendencia más académica, presentan una pequeña anécdota (amigos, alguien escribiendo, una playmate, objetos cotidianos) que les da narratividad, a lo que contribuye un trazo claro de rotulador negro y el collage sencillo con papeles de colores. Esta narratividad es la que nos da continuidad en el lugar y las circunstancias que habitamos.

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La performance de Paula Gelpi que acompañó la fiesta de inauguración consistió en una danza improvisada en torno a la Latinamerican Suite de Duke Ellington. Con ella los dibujos tomaron cuerpo y movimiento y el gesto efímero se hizo espacio, rodeado por un público entusiasmado. Después, la música, el vino y una exquisita macedonia rémora nos acompañaron durante un largo rato entre dibujos y una agradable conversación que parecía fluir de un grupo a otro, en un ambiente animado y tranquilo, un tanto remolón, como nos gusta a nosotros.

Gracias a todos los que estuvisteis, a todos los amigos que, una vez más, habéis apoyado con vuestra asistencia e interés este acto.

Las fotos son de José Miguel Polo.

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4 pensamientos en “Crónica: exposición de José Chávez

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