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El pasado 21 de noviembre en la librería Rayuela, el poeta Abraham Gragera leyó sus poemas del libro Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-Textos). Después de un vasito de vino, fuimos tomando asiento hasta que el silencio y la inminencia de la palabra se colaron despacio en la sala, como quien llega tarde, y en vilo, allí, pendientes de la voz, surgió tímida la canción, que fue campando poco a poco por entre el público hasta casi hacerse corpórea y abrazarnos.

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Así sucede con la buena poesía, que después de recuperar el aliento en los silencios, se muestra con su inagotable energía, pues como dice Abraham en su Elegía “muere la voz, no el canto”, en la que a propósito de Cintia (inspiradora de las elegías de Propercio) nos habla de la relación entre el poeta, la amada y la musa. Y como estas dos últimas coinciden en la lengua, es decir, que en última instancia, aparte de temas y motivos, el poeta siempre canta a la palabra, única amante a la que debe fidelidad e inspiración de su canto, su voz es la manera de amarlas. Y como Cintia, conecta con la antigüedad, que es una manera de llamar a lo inmemorial, pues la lengua transmite un fondo esencial humano desde el principio de nuestros días, es decir, desde los estados anteriores a la consciencia y la memoria. Por eso, en este juego entre las tres personas “la Historia es literatura, / despojos que se acercan a las playas / tan solo para señalar la orilla / que mantiene alejado al infinito / de divorcios e infiernos, del hogar”. El poeta siempre mantiene esta orilla como rumbo pero apenas la alcanza es engullido por el mar, como el Orfeo-cangrejo de la última estrofa.

En cualquier caso, a pesar del incerto tempo incertisque locis de Lucrecio, cita con la que inicia el poemario, no debemos olvidar que el mismo título nos asegura ya un punto de partida. Ese adiós, en el poema que da título al libro, remite a un cambio de época, bien de nuestro tiempo común a todos, bien del propio tiempo del poeta, que de todas formas se define por la discontinuidad (“el presente, derroche virtuoso de la curva antes de la aparición de los rincones”), la conciencia de la posición individual frente a la totalidad (“Alzar ahora la voz en este cuarto vulgar […] resulta algo ridículo”) y la resistencia de la poesía a la interpretación en un mundo sobrecargado de intención. Esta idea queda reforzada con el fragmento V del poema Siete presentes: “Ah la realidad / no se puede / permanecer en ella ni intentar / ir más lejos”, de manera que ese tiempo y lugar de Lucrecio queda ya precisado, así como la posición del poeta en él. Se trata de un yo carente de unidad, actualizado en el presente por intervención del pasado y su horizonte (que aunque nos desoriente o ahogue, siempre nos da una referencia) y que, por eso, no solo explora líricamente su devenir dentro de sí, al estilo de los poetas metafísicos, sino fuera de sí, en lo otro de lo que forma parte, sin posibilidad de establecer una separación clara entre yo y mundo que vaya más allá del estilo o de la trampa del distanciamiento racional. Tal vez este sea el sentido de ese insistente “como” del Jardín de lo que no hay, que actúa de bisagra entre yo/otro para terminar poniendo en duda ese hiato preguntándose “si alguna vez / hemos sido // esas cosas humanas // irrepetibles”.

Pero, evidentemente, mejor es escuchar su voz directamente. Este es el enlace a nuestro podcast. Muchas gracias a todos y de manera especialmente cariñosa a Abraham.

La foto es una acuarela de Audrey Beardsley.

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